Inicio

Biografía de Nebrija

Rafael Lapesa

Gramática

Cosmografía

ElCastellano.org

Casos de plagio

 



Pág. Inicial Índice Prólogo Libro I Libro II Libro III Libro IV Libro V



Antonio de Nebrija

Gramática de la lengua castellana

Libro primero. en que trata de la ortographia.

Capítulo primero. en que parte la gramática en partes

Los que boluieron de griego en latín este nombre gramática: llamaron la arte de letras: y a los professores y maestros della dixeron grammáticos: que en nuestra lengua podemos dezir letrados. Esta según Quintiliano en dos partes se gasta. La primera los griegos llamaron methódica: que nos otros podemos bolver en doctrinal: por que contiene los preceptos y reglas del arte. La cual aun que sea cogida del uso de aquellos que tienen autoridad para lo poder hazer: defiende que el mesmo uso no se pueda por ignorancia corromper. La segunda los griegos llamaron istórica: la cual nos otros podemos bolver en declaradora: por que expone y declara los poetas y otros autores por cuia semeiança avemos de hablar. Aquella que diximos doctrinal en cuatro consideraciones se parte. La primera los griegos llamaron orthographía: que nos otros podemos nombrar en lengua romana sciencia de bien y derecha mente escriuir. A ésta esso mesmo pertenece conocer el número y fuerça delas letras y por qué figuras se an de representar las palabras y partes dela oración. La segunda los griegos llaman prosodia. nos otros podemos la interpretar acento: o más verdadera mente quasi canto. Esta es arte para alçar y abaxar cada una delas sílabas delas diciones o partes dela oración. A esta se reduze esso mesmo el arte de contar. pesar y medir los pies delos versos y coplas. La tercera los griegos llamaron etimología. Tulio interpretola anotación. nos otros podemos la nombrar verdad de palabras. Esta considera la significación y accidentes de cada una de las partes dela oración: que como diremos enel castellano son diez. La cuarta los griegos llamaron syntaxis: los latinos costrución: nos otros podemos la llamar orden. a esta pertenece ordenar entre sí las palabras y partes dela oracion. Assi que será el primero libro de nuestra obra de orthographía y letra. El segundo de prosodia y sílaba. El tercero de etimología y dición. El cuarto de sintaxi. aiuntamiento y orden delas partes de la oración.


Capítulo segundo. de la primera invención de las letras.
y de dónde vinieron primero a nuestra España

Entre todas las cosas que por experiencia los ombres hallaron: o por reuelacion divina nos fueron demostradas para polir e adornar la vida umana: ninguna otra fue tan necessaria: ni que maiores provechos nos acarreasse: que la invención delas letras. Las cuales assi como por un consentimiento e callada conspiración de todas las naciones fueron recebidas: assi la invención de aquellas todos los que escriuieron delas antiguedades dan a los assirios: sacando Gelio: el cual haze inventor de las letras a Mercurio en Egipto: e en aquella mesma tierra Anticlides a Menon quinze años antes que Foroneo reinasse en Argos el cual tiempo concurre conel año ciento e veinte después dela repromission hecha al patriarca Abraham. Entre los que dan la invencion delas letras alos assirios: ai mucha diversidad. Epigenes el autor mas grave de los griegos e con el Critodemo e Beroso hazen inventores delas letras a los babilonios: e segund el tiempo que ellos escriven mucho antes del nacimiento de Abraham. Los nuestros en favor de nuestra religión dan esta onra alos judios. como quiera que la maior antiguedad de letras entre ellos es en la edad de moisen: en el cual tiempo ia las letras florecían en egipto: no por figuras de animales: como de primero: mas por lineas e traços. Todos los otros autores dan la invencion de las letras a los fenices los cuales no menos fueron inventores de otras muchas cosas. como de cuadrar piedras. de hazer torres. de fundir metales. de formar vasos de vidro. de navegar al tino delas estrellas. de teñir el carmeso con la flor e sangre de las purpuras. de trabucos e hondas: no como dixo Juan de Mena los mallorqueses. Assi que los judios las pudieron recebir de aquestos: por ser tan vezinos e comarcanos: que deslindavan e partian termino con ellos. O de los egipcios despues que Jacob decendio con sus hijos en Egipto: a causa de aquella hambre que leemos enel libro dela generacion del cielo e dela tierra. Lo cual se me haze mas provable por lo que entre los griegos escrive Erodoto padre delas istorias: e entre los latinos Pomponio Mela: que los egipcios usan de sus letras al reves: como agora vemos que los judios lo hazen. e si verdad es lo que escriven Epigenes. Critodemo e Beroso: la inventora de las letras fue Babilonia: considerando el tiempo que ellos escriven: pudo las traer Abraham: cuando por mandado de dios salio de tierra delos caldeos: que propria mente son babilonios: e vino en tierra de Canaan. O despues cuando Jacob bolvio en mesopotamia: e sirvio a Laban su suegro. Mas assi como no es cosa mui cierta quien fue el primero inventor delas letras: assi entre todos los autores es cosa mui constante que de Fenicia las traxo a Grecia Cadmo hijo de Agenor: cuando por la forçosa condicion que su padre le puso de buscar a Europa su ermana la cual Jupiter avia robado: vino a Boecia donde poblo la ciudad de Thebas. Pues ia ninguno dubda que de Grecia las traxo a Italia Nicostrata que los latinos llamaron Carmenta: la cual siguiendo el voluntario destierro de su hijo Evandro vino de Arcadia en aquel lugar: donde agora Roma esta fundada: e poblo una ciudad enel monte Palatino: donde despues fue el palacio delos reies e emperadores romanos. Muchos podrian venir en esta duda: quién traxo primero las letras a nuestra España: o de donde las pudieron recebir los ombres de nuestra nacion. E aun que es cosa mui semejante ala verdad: que las pudo traer de Thebas las de Boecia Bacco hijo de Jupiter e Semele hija de Cadmo: cuando vino a España: quasi dozientos años ante dela guerra de Troia: donde perdio un amigo e compañero suio Lisias: de cuio nombre se llamo Lisitania: e despues Lusitania: todo aquel trecho de tierra que esta entre Duero e Guadiana. e poblo a Nebrissa: que por otro nombre se llamo Veneria: puesta segun cuenta Plinio en el tercero libro de la Natural Istoria entre los esteros e albinas de Guadalquevir: la cual llamo Nebrissa delas nebrides: que eran pellejas de gamas de que usavan en sus sacrificios: los cuales el instituio alli segun escrive Silio Italico enel tercero libro dela Segunda Guerra Punica. Assi que si queremos creer alas istorias de aquellos que tienen autoridad: ninguno me puede dar en España cosa mas antigua que la poblacion de mi tierra e naturaleza. por que la venida delos griegos dela isla Zacinto: e la población de Sagunto que agora es Monviedro: o fue eneste mesmo tiempo o poco despues: segun escriuen Bocco e Plinio en el libro xvi dela Natural Istoria. Pudo las esso mesmo traer poco antes dela guerra de troia Ercules el thebano: cuando vino contra Geriones rei de Lusitania; el cual los poetas fingieron que tenia tres cabeças. O poco despues de Troia tomada Ulisses: de cuio nombre se llamo Olissipo: la que agora es Lisbona. O Astur compañero i regidor del carro de Menon hijo del Alva: el cual tan bien despues de Troia destruida vino en españa: e dio nombre alas asturias. O enel mesmo tiempo Teucro hijo de Telamon: el cual vino en aquella parte de España: donde agora es Carthagena: e se passo despues a reinar en Galizia. O los moradores del monte Parnasso: los quales poblaron a Cazlona nombre sacado del nombre de su fuente Castalia. O los mesmos fenices inventores delas letras: los cuales poblaron la ciudad de Calez: no Ercules ni Espan como cuenta la General Istoria. O despues los cartagineses: cuia possession por muchos tiempos fue España. Mas io creeria que de ninguna otra nacion las recebimos primero: que delos romanos: quando se hizieron señores della: quasi dozientos años antes del nacimiento de nuestro salvador. por que si alguno delos que arriba diximos: traxera las letras a españa: oi se hallarian algunos momos alo menos de oro e de plata: o piedras cauadas de letras griegas e punicas: como agora las vemos de letras romanas: en que se contienen las memorias de muchos varones illustres: que la regieron e governaron desde aquel tiempo: hasta quinientos e setenta años despues del nacimiento de nuestro salvador: cuando la ocuparon los godos. los cuales no sola mente acabaron de corromper el latin e lengua romana: que ia con las muchas guerras avia començado a desfallecer: mas aun torcieron las figuras e traços de las letras antiguas: introduziendo e mezclando las suias cuales las vemos escriptas en los libros que se escrivieron en aquellos ciento et veinte años: que españa estuvo debaxo de los Reies godos: la cual forma de letras duro despues en tiempo de los juezes e Reies de castilla e de leon: hasta que despues poco a poco se començaron a concertar nuestras letras con las romanas e antiguas: lo cual en nuestros dias e por nuestra industria en gran parte se a hecho. e esto abasta para la invención delas letras: e de dónde pudieron venir a nuestra España.


Capítulo tercero, de cómo las letras fueron halladas
para representar las voces

La causa de la invención de las letras primeramente fue para nuestra memoria, y después para que por ellas pudiésemos hablar con los ausentes y los que están por venir. Lo cual parece que hubo origen de aquello, que ante que las letras fuesen halladas, por imágenes representaban las cosas de que querían hacer memoria: como por la figura de la mano diestra significaban la liberalidad, por una culebra enroscada significaban el año. Mas porque este negocio era infinito y muy confuso, el primer inventor de letras, quien quiera que fue, miró cuántas eran todas las diversidades de las voces en su lengua, y tantas figuras de voces hizo, por las cuales, puestas en cierta orden, representó las palabras que quiso. De manera que no es otra cosa la letra, sino figura por la cual se representa la voz; ni la voz es otra cosa sino el aire que respiramos, espesado en los pulmones, y herido después en el áspera arteria que llaman gargavero, y de allí comenzado a determinarse por la campanilla, lengua, paladar, dientes y beços. Así que las letras representan las voces, y las voces significan, como dice Aristóteles, los pensamientos que tenemos en el ánima. Mas, aunque las voces sean al hombre connaturales, algunas lenguas tienen ciertas voces que los hombres de otra nación, ni aun por tormento no pueden pronunciar. Y por esto dice Quintiliano que así como los trepadores doblegan y tuercen los miembros en ciertas formas desde la tierna edad, para después hacer aquellas maravillas, que nosotros los que estamos ya duros no podemos hacer, así los niños mientra que son tiernos se han de acostumbrar a todas las pronunciaciones de letras, de que en algún tiempo han de usar. Como esto que en nuestra lengua común escribimos con doblada 'l', así es voz propia de nuestra nación, que ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos, la pueden pronunciar, y menos tienen figura de letra para la poder escribir. Eso mismo, esto que nosotros escribimos con 'x', así es pronunciación propia de moros, de cuya conversación nosotros la recibimos, que ni judíos, ni griegos, ni latinos, la conocen por suya. Tambien aquello que los judíos escriben por la décima nona letra de su abc, así es voz propia de su lenguaje, que ni griegos, ni latinos, ni otra lengua de cuantas yo he oído, la pronuncia ni puede escribir por sus letras. Y así de otras muchas pronunciaciones que de tal manera son propias de cada lengua, que por ningún trabajo ni diligencia hombre de otra nación las puede expresamente proferir, si desde la tierna edad no se acostumbra a las pronunciar.

Capítulo cuarto, de las letras y pronunciaciones
de la lengua latina

Dice nuestro Quintiliano en el primero libro de sus Oratorias Instituciones, que el que quiere reducir en artificio algún lenguaje, primero es menester que sepa si de aquellas letras que están en el uso sobran algunas, y si por el contrario, faltan otras. Y porque las letras de que nosotros usamos fueron tomadas del latín, veamos primero cuántas son las letras que están en el uso de la lengua latina, y si de aquellas sobran o faltan algunas, para que de allí más ligeramente vengamos a lo que es propio de nuestra consideración. Y primeramente decimos así: que de veintitrés figuras de letras que están en el uso del latín: a, b, c, d, e, f, g, h, i, k, l, m, n, o, p, q, r, s, t, u, x, y, z; las tres c, k, q, tienen un sonido, y por consiguiente las dos de ellas son ociosas, y presupongo que sean la k, q; y que la x no es necesaria, porque no es otra cosa sino breviatura de cs; y que la y griega y la z solamente son para las dicciones griegas; y que la h no es letra, sino señal de espíritu y soplo. También por el contrario decimos que faltan dos vocales, como más largamente lo disputé en otro lugar: una que suena entre e, i; otra que suena entre i, u. Las cuales, porque en el latín no tenían figuras, ni desde la niñez nosotros acostumbramos a las pronunciar, ahora en ninguna manera las podemos formar ni sentir; y mucho menos hacer diferencia entre i jota y la y sutil, siendo tanta cuanta puede ser mayor entre dos vocales. Faltan eso mismo dos consonantes, las cuales representamos por i, u, cuando no suenan por sí, mas hiriendo las vocales; y entonces dejan de ser i, u, y son otras cuanto a la fuerza, mas no cuanto a la figura. Porque no puede ser mayor distancia entre dos letras que sonar por sí, o sonar con otras; y así como dijimos que la c, k, q, son una letra, porque tienen una fuerza, así por el contrario decimos ahora que la i, u, son cuatro, pues que tienen cada dos fuerzas; porque la diversidad de las letras no está en la diversidad de las figuras, mas en la diversidad de la pronunciación. Y porque, como dice Plinio en el libro séptimo de la Historia Natural, los latinos sienten en su lengua la fuerza de todas las letras griegas, veamos cuántas son las diversidades de las voces que están en el uso del latín. Y decimos que son por todas, veintiséis; ocho vocales: a, e, i, o, u, y griega, con las otras dos, cuyas figuras dijimos que faltaban en el latín; dieciocho consonantes: b, c, d, f, g, l, m, n, p, r, s, t, z, la i, u, cuando usamos de ellas como de consonantes, y en las dicciones griegas tres consonantes que se soplan: ch, ph, th. Así que por todas son las veintiséis pronunciaciones que dijimos: a, b, c, ch, d, e, f, g, i, i consonante, l, m, n, o, p, ph, r, s, t, th, u, u consonante, y griega, z, y las dos vocales de que arriba dijimos. Llamáronse aquellas ocho vocales, porque por sí mismas tienen voz sin se mezclar con otras letras; llamáronse las otras consonantes, porque no pueden sonar sin herir las vocales. Estas se parten en doce mudas: b, c, ch, d, f, g, p, ph, t, th, i, u consonantes; y en seis semivocales: l, m, n, r, s, z. Mudas se dicen aquellas, porque en comparación de las vocales casi no tienen sonido alguno; las otras, semivocales, porque en comparación de las mudas tienen mucho de sonoridad. Lo cual acontece por la diversidad de los lugares donde se forman las voces: porque las vocales suenan por sí, no hiriendo alguno de los instrumentos con que se forman las consonantes, mas solamente colando el espíritu por lo angosto de la garganta, y formando la diversidad de ellas en la figura de la boca; de las mudas, la c, ch, g, apretando o hiriendo la campanilla más o menos: porque la c suena limpia de aspiración; la ch, espesa y más floja; la g, en media manera, porque comparada a la c es gruesa, comparada a la ch es sutil. La t, th, d, suenan expediendo la voz, puesta la parte delantera de la lengua entre los dientes, apretándola o aflojándola más o menos; porque la t suena limpia de aspiración; la th, floja y espesa; la d, en medio, porque comparada a la th es sutil, comparada a la t es floja. La p, ph, b, suenan expediendo la voz, después de los beços apretados más o menos; porque la p suena limpia de aspiración; la ph, espesa; la b, en medio, porque comparada a la ph es sutil, comparada a la p es gruesa. La m suena en aquel mismo lugar, mas, por sonar hacia dentro, suena oscuro, mayormente, como dice Plinio, en fin de las dicciones; la f, con la v consonante, puestos los dientes de arriba sobre el bezo de bajo, y soplando por las helgaduras de ellos; la f más de fuera, la v más adentro un poco. Las medio vocales todas suenan arrimando la lengua al paladar, donde ellas pueden sonar mucho, en tanto grado que algunos pusieron la r en el número de las vocales; y por esta razón podríamos poner la i consonante entre las semivocales. De donde se convence el manifiesto error de los que así pronuncian la ch como la c, cuando se siguen a, o, u, y cómo la pronuncian falsamente en el castellano, cuando se siguen e, i; la th como la t; la ph como la f; la t, cuando se sigue i, y después de la i otra vocal, así como la c; y por el contrario, los que en otra manera pronuncian la c, g, cuando se siguen a, o, u, que cuando se siguen e, i; y los que así pronuncian la i griega como la latina, como más copiosamente lo probamos en otro lugar.

Capítulo quinto, de las letras y pronunciaciones
de la lengua castellana

Lo que dijimos en el capítulo pasado de las letras latinas, podemos decir en nuestra lengua: que de veintitrés figuras de letras que tenemos prestadas del latín para escribir el castellano, solamente nos sirven por sí mismas estas doce: a, b, d, e, f, m, o, p, r, s, t, z; por sí mismas y por otras estas seis: c, g, i, l, n, u; por otras y no por sí mismas estas cinco: h, q, k, x, y. Para mayor declaración de lo cual habemos aquí de presuponer lo que todos los que escriben de ortografía presuponen: que así tenemos de escribir como pronunciamos, y pronunciar como escribimos, porque en otra manera en vano fueron halladas las letras. Lo segundo, que no es otra cosa la letra sino figura por la cual se representa la voz y pronunciación. Lo tercero, que la diversidad de las letras no está en la diversidad de la figura, sino en la diversidad de la pronunciación. Así que contadas y reconocidas las voces que hay en nuestra lengua, hallaremos otras veintiséis, mas no todas aquellas mismas que dijimos del latín, a las cuales de necesidad han de responder otras veintiséis figuras, si bien y distintamente las queremos por escritura representar. Lo cual, por manifiesta y suficiente inducción, se prueba en la manera siguiente: de las doce letras que dijimos que nos sirven por sí mismas, no hay duda sino que representan las voces que nosotros les damos; y que la k, q, no tengan oficio alguno pruébase por lo que dijimos en el capítulo pasado: que la c, k, q, tienen un oficio, y por consiguiente las dos de ellas eran ociosas. Porque de la k ninguno duda sino que es muerta, en cuyo lugar, como dice Quintiliano, sucedió la c, la cual igualmente traspasa su fuerza a todas las vocales que se siguen. De la q no nos aprovechamos sino por voluntad, porque todo lo que ahora escribimos con q, podríamos escribir con c, mayormente si a la c no le diésemos tantos oficios cuantos ahora le damos. La y griega tampoco yo no veo de qué sirve, pues que no tiene otra fuerza ni sonido que la i latina, salvo si queremos usar de ella en los lugares donde podría venir en duda si la i es vocal o consonante, como escribiendo: raya, ayo, yunta, si pusiésemos i latina diría otra cosa muy diversa: raia, aio, iunta. Así que de veintitrés figuras de letras quedan solas ocho, por las cuales ahora representamos catorce pronunciaciones multiplicándoles los oficios en esta manera: La c tiene tres oficios: uno propio, cuando después de ella se siguen a, o, u, como en las primeras letras de estas dicciones: cabra, corazón, cuero; tiene también dos oficios prestados: uno, cuando debajo de ella acostumbramos poner una señal que llaman cerilla, como en las primeras letras de estas dicciones: çarça, çebada; la cual pronunciación es propia de judíos y moros, de los cuales, cuanto yo pienso, las recibió nuestra lengua, porque ni los griegos ni latinos que bien pronuncian, la sienten ni conocen por suya; de manera que, pues la c, puesta debajo aquella señal, muda la substancia de la pronunciación, ya no es c, sino otra letra, como la tienen distinta los judíos y moros, de los cuales nosotros la recibimos cuanto a la fuerza, mas no cuanto a la figura que entre ellos tiene. El otro oficio que la c tiene prestado es cuando después de ella ponemos h, cual pronunciación suena en las primeras letras de estas dicciones: chapín, chico; la cual así es propia de nuestra lengua que ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos la conocen por suya; nosotros escribímosla con ch, las cuales letras, como dijimos en el capítulo pasado, tienen otro son muy diverso del que nosotros les damos. La g tiene dos oficios, uno propio cual suena cuando después de ella se siguen a, o, u; otro prestado, cuando después de ella se siguen e, i, como en las primeras letras de estas dicciones: gallo, gente, girón, gota, gula; la cual, cuando suena con e, i, así es propia de nuestra lengua que ni judíos, ni griegos, ni latinos la sienten ni pueden conocer por suya, salvo el morisco, de la cual lengua yo pienso que nosotros la recibimos. La h no sirve por sí en nuestra lengua, mas usamos de ella para tal sonido cual pronunciamos en las primeras letras de estas dicciones: hago, hecho; la cual letra, aunque en el latín no tenga fuerza de letra, es cierto que como nosotros la pronunciamos, hiriendo en la garganta, se puede contar en el número de las letras, como los judíos y moros, de los cuales nosotros la recibimos, cuanto yo pienso, la tienen por letra. La i tiene dos oficios: uno propio, cuando usamos de ella como de vocal, como en las primeras letras de estas dicciones: ira, igual; otro común con la g, porque cuando usamos de ella como de consonante, ponémosla siguiéndose a, o, u, y ponemos la g, si se siguen e, i; la cual pronunciación, como dijimos de la g, es propia nuestra y del morisco, de donde nosotros la pudimos recibir. La l tiene dos oficios: uno propio, cuando la ponemos sencilla, como en las primeras letras de estas dicciones: lado, luna; otro ajeno, cuando la ponemos doblada y le damos tal pronunciación, cual suena en las primeras letras de estas dicciones: llave, lleno; la cual voz, ni judíos, ni moros, ni griegos, ni latinos conocen por suya; escribímosla nosotros mucho contra toda razón de ortografía, porque ninguna lengua puede sufrir que dos letras de una especie puedan juntas herir la vocal, ni puede la l doblada apretar tanto aquella pronunciación para que por ella podamos representar el sonido que nosotros le damos. La n eso mismo tiene dos oficios: uno propio, cuando la ponemos sencilla, cual suena en las primeras letras de estas dicciones: nave, nombre; otro ajeno, cuando la ponemos doblada o con una tilde encima, como suena en las primeras letras de estas dicciones: ñudo, ñublado, o en las siguientes de estas: año, señor; lo cual no podemos hacer más que lo que decíamos de la l doblada, ni el título sobre la n puede hacer lo que nosotros queremos, salvo si lo ponemos por letra, y entonces hacémosle injuria en no la poner en orden con las otras letras del abc. La u, como dijimos de la i, tiene dos oficios: uno propio, cuando suena por sí como vocal, así como en las primeras letras de estas dicciones: uno, uso; otro prestado, cuando hiere la vocal, cual pronunciación suena en las primeras letras de estas dicciones: valle, vengo; los gramáticos antiguos, en lugar de ella ponían el digama eólico, que tiene semejanza de nuestra f, y aun en el son no está mucho lejos de ella; mas después que la f sucedió en lugar de la ph griega, tomaron prestada la u, y usaron de ella en lugar del digama eólico. La x, ya dijimos qué son tiene en el latín, y que no es otra cosa sino breviatura de cs; nosotros dámosle tal pronunciación, cual suena en las primeras letras de estas dicciones: xenabe, xabón, o en las últimas de aquestas: relox, balax; mucho contra su naturaleza, porque esta pronunciación, como dijimos, es propia de la lengua arábiga, de donde parece que vino a nuestro lenguaje. Así que, de lo que habemos dicho, se sigue y concluye lo que queríamos probar: que el castellano tiene veintiséis diversas pronunciaciones; y que de veintitrés letras que tomó prestadas del latín, no nos sirven limpiamente sino las doce, para las doce pronunciaciones que trajeron consigo del latín, y que todas las otras se escriben contra toda razón de ortografía.


Capítulo sexto, del remedio que se puede tener
para escribir puramente el castellano

Vengamos ahora al remedio que se puede tener para escribir las pronunciaciones que ahora representamos por ajeno oficio de letras. La c, como dijimos, tiene tres oficios, y por el contrario la c, k, q, tienen un oficio; y si ahora repartiésemos estas tres letras por aquellas tres pronunciaciones, todo el negocio en aquesta parte sería hecho. Mas, porque en aquello que es como ley consentida por todos, es cosa dura hacer novedad, podíamos tener esta templanza: que la c valiese por aquella voz que dijimos ser suya propia, llamándola, como se nombran las otras letras, por el nombre del son que tiene; y que la ç, puesta debajo aquella señal que llaman çerilla, valiese por otra, para representar el segundo oficio de la c, llamándola por el nombre de su voz; y lo que ahora se escribe con ch, se escribiese con una nueva figura, la cual se llamase del nombre de su fuerza; y mientras que para ello no entreviene el autoridad de vuestra Alteza, o el común consentimiento de los que tienen poder para hacer uso, sea la ch, con una tilde encima; porque si dejásemos la ch sin señal, vendríamos en aquel error: que con unas mismas letras pronunciaríamos diversas cosas en el castellano y en el latín.

La g tiene dos oficios: uno propio, y otro prestado. Eso mismo la i tiene otros dos: uno, cuando es vocal, y otro, cuando es consonante, el cual concurre con la g, cuando después de ella se siguen e, i. Así que, dejando la g, i, en sus propias fuerzas, con una figura que añadamos para representar lo que ahora escribimos con g, i, cuando les damos ajeno oficio, queda hecho todo lo que buscamos, dándoles todavía a las letras el son de su pronunciación. Ésta podría ser la y griega, sino que está en uso de ser siempre vocal; mas sea la j luenga, porque no seamos autores de tanta novedad, y entonces quedará sin oficio la y griega.

La l tiene dos oficios: uno propio, que trajo consigo del latín; otro prestado, cuando la ponemos doblada. Y por no hacer mudanza sino donde mucho es menester, dejaremos esta doblada ll para representar lo que por ellas ahora representamos, con dos condiciones: que quitando el pie a la segunda, las tengamos entrambas en lugar de una, y que le pongamos tal nombre cual son le damos.

La n tiene dos fuerzas: una que trajo consigo del latín, y otra que le damos ajena, doblándola, y poniendo encima la tilde; mas dejando la n sencilla en su fuerza, para representar aquel son que le queremos dar prestado ponemos una tilde encima, o haremos lo que en esta pronunciación hacen los griegos y latinos, escribiéndola con gn; como quiera que la n con la g se hagan adulterinas y falsas, según escribe Nigidio, varón en sus tiempos, después de Tulio, el más grave de todos y más enseñado.

La u tiene dos fuerzas: una de vocal, y otra de vau consonante; también tiene entre nosotros dos figuras: una de que usamos en el comienzo de las dicciones, y otra de que usamos en el medio de ellas; y, pues que aquella de que usamos en los comienzos, siempre allí es consonante, usemos de ella como de consonante; en todos los otros lugares, quedando la otra siempre vocal.

La h entre nosotros tiene tres oficios: uno propio, que trae consigo en las dicciones latinas, mas no le damos su fuerza, como en estas: humano, humilde, donde la escribimos sin causa, pues que de ninguna cosa sirve; otro, cuando se sigue u después de ella, para demostrar que aquella u no es consonante sino vocal, como en estas dicciones: huésped, huerto, huevo; lo cual ya no es menester, si las dos fuerzas que tiene la u distinguimos por estas dos figuras: u, v; el tercero oficio es cuando le damos fuerza de letra haciéndola sonar, como en las primeras letras de estas dicciones: hago, hijo; y entonces ya no sirve por sí, salvo por otra letra, y llamarla hemos "he", como los judíos y moros, de los cuales recibimos esta pronunciación.

La x, aunque en el griego y latín, de donde recibimos esta figura, vale tanto como cs, porque en nuestra lengua de ninguna cosa nos puede servir, quedando en su figura con una tilde, dámosle aquel son que arriba dijimos nuestra lengua haber tomado del arábigo, llamándola del nombre de su fuerza. Así que será nuestro abc de estas veintiséis letras: a, b, c, ç, ch, d, e, f, g, h, i, j, l, ll, m, n, o, p, r, s, t, v, u, x, z; por las cuales distintamente podemos representar las veintiséis pronunciaciones de que arriba habemos disputado.

Capítulo séptimo, del parentesco y vecindad
que las letras entre sí tienen

Tienen entre sí las letras tanta vecindad y parentesco que ninguno se debe maravillar, como dice Quintiliano, por que las unas pasan y se corrompen en las otras; lo cual principalmente acontece por interpretación o por derivación. Por interpretación se corrompen unas letras en otras, como volviendo de griego en latín este nombre "sicos", decimos "ficus", y de latín en romance, "ficus", "higo", mudando la s en f, y la o en u, y la f en h, y la c en g, y la u en o. Por derivación pasa una letra en otra, cuando en la misma lengua una dicción se saca de otra, como de miedo, medroso, mudando la ie en e; de rabo, raposa, mudando la b en p; de donde manifiestamente demostraremos que no es otra cosa la lengua castellana sino latín corrompido. Así que pasa la au en o, como en el mismo latín, de caupo, copo, por el tabernero; y de latín en romance, como de maurus, moro; de taurus, toro. Corrómpese también la a en e, como en el latín, de facio, feci, por hacer; y de latín en romance, de factum, hecho; de tractus, trecho; de fraxinus, fresno. Corrómpese la b en f o ph, como de griego en latín, triambos, triumphus, por el triunfo; y de latín en romance, como de scobina, escofina. Corrómpese eso mismo en u vocal, como en el mismo latín, de faveo, fautor, por favorecedor; y de latín en romance, como de debitor, deudor. Corrómpese en v consonante, como de bibo, bevo; de debeo, devo. Pasa la c en g, como de latín en romance, de dico, digo; de facio, hago; corrómpese en z, como de latín en romance, de recens, reziente; de racemus, razimo. La d corrómpese en l, como en el latín, de sedeo, sella, por la silla; y de latín en romance, como de cauda, cola; de odor, olor; corrómpese en t, como de duro, turo; de coriandrum, culandro. La e corrómpese en i, como de peto, pido; de metior, mido; corrómpese en ie, como de metus, miedo; de caecus, ciego. La f corrómpese en h, como nosotros la pronunciamos, dándole fuerza de letra, como de filius, hijo; de fames, hambre; corrómpese en v consonante, como de rafanus, rávano; de cofinus, cuévano; corrómpese en b, como de griego en latín, de amfo, ambo, por ambos; y de latín en romance, de trifolium, trébol; de fremo, bramo. La g corrómpese en c, como de Gades, Calez; de gammarus, camarón. La gn pasan en aquel son que nosotros escribimos con n doblada, o con ñ tilde, como de signum, seña; de lignum, leña. La h, como no tiene en latín sino fuerça de espíritu y soplo, no se corrompe en alguna letra de latín en romance. La i corrómpese en e, como de pica, pega; de bibo, bevo; corrómpese en ie, como de rigo, riego; de frico, friego; y, por el contrario, la ie en e, como de viento, ventana; corrómpese en i consonante, como de iesus, Jesús; y, por el contrario, la i consonante en i vocal, como de jugum, iugo. La l doblada, o con la c, f, p, delante de sí, o con la e, i, después de sí, corrómpese en aquella voz, la cual decíamos que se escribe en el castellano con doblada l, como de villa, villa; de clavis, llave; de flamma, llama; de planus, llano; de talea, talla; de milia, milla. La m pasa en nuestra lengua tomando consigo b, como de lumen, lumbre; de estamen, estambre; y, por el contrario, la m echa de sí la b, como de plumbum, plomo; de lambo, lamo; y en el mismo castellano, de estambre, estameña; de hombre, hombrecillo. La n doblada pasa en aquella voz que dijimos que se había de escribir con gn, como de annus, año; de pannus, paño. La o corrómpese en u, como de locus, lugar; de coagulum, cuajo; corrómpese eso mismo en ue diptongo, como de porta, puerta; de torqueo, tuerzo; y, por el contrario, la ue en o, como de puerta, portero; de tuerzo, torcedura. La p corrómpese en b, como de lupus, lobo; de sapor, sabor; corrómpese también en u vocal, como de rapidus, raudo; de captivus, cautivo. La q, por ser, como dijimos, la misma letra que la c, corrómpese como ella en z, como de laqueus, lazo; de coquo, cuezo; corrómpese también en g, como de aquila, águila; de aqua, agua. El asperidad de la r pasa en la blandura de la l, como los latinos, que de Remo, hermano de Rómulo, hicieron Lemures, por las ánimas de los muertos que andan entre nosotros, y de latín en romance, de practica, plática; y en el mismo castellano, por lo que los antiguos decían branca tabra, nosotros ahora decimos blanca tabla. La s corrómpese en c, como nosotros la pronunciamos cuando se siguen e, i, como de setaceum, cedazo; de sucus, zumo; corrómpese en nuestra j, como de sapo, jabón; de sepia, jibia. La t corrómpese en d, como de mutus, mudo; de lutum, lodo. La u vocal pasa en ue sueltas, como de nurus, nuera; de muria, salmuera; y, por el contrario, la ue vuélvese en o, como de nuevo, novedad; y de salmuera, salmorejo; corrómpese muchas veces en o, como de curro, corro; de lupus, lobo; de lucrum, logro. Corrómpese la v consonante en b, como de volo, buelo; de vivo, bivo; corrómpese eso mismo en u vocal, como de civitas, ciudad, por lo cual nuestros mayores escribían cibdad; y en el mismo castellano, de levadura, leudar; como los latinos hicieron de caveo, cautela; de avis, auceps, por el cazador de aves; y, por el contrario, de Juanes, Ivañes. La x, por ser, como dijimos, breviatura de cs, pasa en z, como entrambas ellas; y así, de lux decimos luz; de pax, paz. Y esto abasta para poner en camino a los que se quieren ejercitar en las letras, y conocer cómo tienen vecindad unas con otras.


Capítulo octavo, de la orden de las vocales
cuando se cogen en diptongo

Hasta aquí habemos disputado de las figuras y fuerza que tienen las letras en nuestra lengua, síguese ahora de la orden que tienen entre sí; no como dice San Isidro de la orden del abc, que la a es primera, la b segunda, la c tercera; porque de esta orden no tiene que hacer el gramático, antes, como dice Quintiliano, daña a los que comienzan aprender las letras: que saben el abc por memoria, y no conocen las letras por sus figuras y fuerzas, mas diremos de las letras en qué manera se ordenan y cogen en una sílaba. Lo cual demostraremos primeramente en las vocales, cuando se ayuntan y cuajan entre sí por diptongo.

Diptongo llaman los griegos, cuando en una sílaba se arrebatan dos vocales, y llámase así, porque como quiera que sea una sílaba, hace en ella dos heridas. Y aunque, según Quintiliano, nunca en una sílaba se pueden cuajar más de dos vocales, en nuestra lengua hay algunas dicciones en que se pueden coger tres vocales, en cinco maneras: en la primera, iai, como diciendo: aiais, vaiais, espaciais; la segunda, iei, como diciendo ensuzieis, desmaieis, alivieis; la tercera, iue, como diciendo poiuelo, arroiuelo, hoiuelo; la cuarta, uai, como diciendo guai, aguaitar; la quinta, uei, como diciendo buei, bueitre. Así que será propio de nuestra lengua, lo cual otra ninguna tiene, que en una sílaba se pueden cuajar tres vocales. Tienen los griegos ocho diptongos de dos vocales; los latinos seis: tres griegos y tres latinos. Nuestra lengua tiene doce compuestos de dos vocales, y cinco de tres, como parece en aquellas dicciones que arriba pusimos, lo cual en esta manera se puede probar: cinco vocales tiene el castellano: a, e, i, o, u; de las cuales a, e, o, en ninguna manera se pueden cuajar entre sí ni coger en una herida; así que no será diptongo entre ae, ea, ao, oa, eo, oe, como en estas dicciones: saeta, leal, nao, loar, rodeo, poeta. La e, i, puédense coger en una sílaba entre sí, y con las otras tres; así que puede ser diptongo entre ai, au, ei, eu, ia, ie, io, iu, oi, ua, ue, ui. La u, con la o muy pocas veces se puede ayuntar por diptongo, y con diptongo, nunca.

Así que, como cinco vocales no pueden ayuntarse entre sí más de en veinte maneras, y en las ocho de ellas en ninguna manera se pueda cuajar diptongo, queda probado lo que dijimos: que los diptongos en el castellano son doce. Lo cual más distintamente se puede deducir en esta manera: cógese la a con la i, como en estas dicciones: gaita, baile; y puédese desatar, como en estas: vaina, caída; cógese con la u, como en estas dicciones: causa, caudal; puédese desatar, como en estas: laúd, ataúd. La e cógese con la i, como en estas dicciones: lei, pleito; puédese desatar, como en estas: reir, leiste; cógese con la u, como en estas dicciones: deudor, reuma; puédese desatar, como en estas: leudar, reuntar. La i cógese con la a, como en estas dicciones: justicia, malicia; puédese desatar, como en estas: saya, día; cógese con la e, como en estas dicciones: miedo, viento; puédese desatar, como en estas: fiel, riel; cógese con la o, como en estas dicciones: dios, precio; puédese desatar, como en estas: río, mío; cógese con la u, como en estas dicciones: viuda, ciudad; puédese desatar, como en estas: viuela, piuela. La o cógese con la i, como en estas dicciones: soy, doy; puédese desatar, como en estas: oído, roído. La u cógese con la a, como en estas dicciones: agua, cuanto; puédese desatar, como en estas: rúa, púa; cógese con la e, como en estas dicciones: cuerpo, muerto; puédese desatar muy pocas veces; cógese con la i, como en estas dicciones: cuidado, cuita; puédese desatar, como en estas: huida, Luis.


Capítulo noveno, de la orden de las consonantes entre sí

En el capítulo pasado dijimos de la orden que las vocales tienen entre sí, síguese ahora de la orden de las consonantes, cosa muy necesaria, así para los que escriben, como para los que enseñan a leer, y para los que quieren leer las cifras. Para los escribanos, porque cuando han de cortar alguna palabra en fin de renglón, no saben cuáles de las letras dejarán en él, o cuáles llevarán a la línea siguiente, en el cual error por no caer Augusto César, según que cuenta Suetonio Tranquilo en su Vida, acostrumbaba acabar siempre las dicciones en fin del renglón, no curando de emparejar el escritura por el lado de la mano derecha, como aún ahora lo hacen los judíos y moros. Para los que enseñan a leer, porque cuando vienen dos o más consonantes entre las vocales, no saben, deletreando, cuáles de ellas arrimarán a la vocal que precede, ni cuáles a la siguiente. Puede eso mismo aprovechar esta consideración para los que leen las cifras, arte no menos sutil que nuevamente hallada en nuestros días por maestre Martín de Toledo, varón en todo linaje de letras muy enseñado, el cual, si fuera en los tiempos de Julio César, y hubiera publicado esta su invención, mucho pudiera aprovechar a la República romana y estorbar los pensamientos de aquel, porque, como dice Suetonio, acostumbraba César, para comunicar los secretos con sus amigos, escribir lo que quería tomando la e por a, y la f por b, y la g por c, y así por orden las otras letras hasta venir a la d, la cual ponía por z.

Así que, puestos estos principios de la orden de las consonantes, lo que queda yo lo dejo y remito a la obra que de este negocio dejó escrita. Para introducción de lo cual tales reglas daremos: primeramente, que si en alguna dicción cayere una consonante entre dos vocales, siempre la arrimaremos a la vocal siguiente, salvo si aquella dicción es compuesta, porque entonces daremos la consonante a la vocal cuya era antes de la composición; como esta palabra enemigo es compuesta de en y amigo, es cierto que la n pertenece a la vocal primera y se desata de la siguiente, y así la tenemos de escribir, deletrear y pronunciar. En el latín, tres consonantes pueden silabicarse con una vocal antes de ella, y otras tres después de ella, como en estas dicciones: scrobs, por el hoyo; stirps, por la planta. Mas, si tres preceden, no se pueden seguir más de dos; y por el contrario, si tres se siguen, no pueden preceder más de otras dos. En el castellano, nunca pueden estar antes de la vocal más de dos consonantes, y una después de ella, y, por consiguiente, nunca más de tres entre dos vocales. Y en tanto grado rehusa nuestra lengua silabicar muchas consonantes con una vocal, que cuando volvemos de latín en romance las dicciones que comienzan en tres consonantes, y algunas veces las que tienen dos, anteponemos e, por aliviar de una consonante la vocal que se sigue, como en estas dicciones: scribo, escribo; stratum, estrado; smaragdus, esmeralda. En dos consonantes ninguna dicción acaba, salvo si pronunciamos como algunos escriben, segund, por según; y cient, por ciento; grand, por grande. Así que diremos ahora cómo se ordenan entre sí dos o más consonantes: la b ante la c, en ninguna manera se sufre; ante la d pónese en algunas dicciones peregrinas, como bdelium, que es cierto árbol y género de goma; Abdera, que es ciudad de Tracia; ante la l, r, puédese ayuntar, como en estas dicciones: blanco, brazo; ante las otras consonantes no se puede sufrir. La c puédese juntar con la l, r, como en estas dicciones: claro, creo; y en las palabras peregrinas, con la m, n, t, como en Piracmon, nombre propio; aracne, por el araña; Ctesiphon, nombre propio; con las otras consonantes nunca se puede silabicar. La d puédese poner delante la r, y en las dicciones peregrinas con la l, m, n, como en estas dicciones: drago; Abodlas, nombre de un río; Admeto, nombre propio; Cidnus, nombre de un río; con las otras letras no se puede juntar. La f pónese delante la l, r, como en estas dicciones: flaco, franco; mas no se puede sufrir con ninguna de las otras consonantes. La g puédese poner delante la l, r, y en las dicciones latinas delante la m, n, como en estas: gloria, gracia; agmen, por muchedumbre; agnosco, por reconocer; con las otras consonantes no se puede sufrir. La l nunca se pone delante de otra consonante, antes ella se puede seguir a las otras. La m nunca se puede poner delante de otra consonante, salvo delante la n en las dicciones peregrinas, como mna, por cierta moneda; amnis, por el río. La n nunca se pone delante otra consonante, mas ella se sigue a algunas de ellas. La p puédese poner delante la l, r, y en las dicciones peregrinas delante la n, s, t, como en estas dicciones: plaza, prado; pneuma, por espíritu; psalmus, por canto; Ptolemeus, nombre propio. La q delante ninguna consonante se puede poner, porque siempre después de ella se sigue u, en el latín floja; en el castellano vocal cuando se sigue a, muerta cuando se siguen e,i. La r delante de ninguna consonante se pone, antes ella se sigue a algunas de ellas. La s en el castellano en ninguna dicción se puede poner en el comienzo; con otra consonante en medio puédese juntar con b, c, l, m, p, q, t. La t en el castellano nunca se pone sino delante la r; en las dicciones peregrinas puédese poner delante la l, m, n, como en estas dicciones: trabajo; Tlepolemo, por un hijo de Hércules; Tmolo, por un nombre de Cilicia; Etna, por Mongibel, monte de Sicilia. La v consonante no se puede poner en el latín delante otra consonante, ni en el castellano, salvo ante la r en un solo verbo: habré, habrás, habría, habrías; lo cual hace nuestra lengua con mucha gana de hacer cortamiento en aquellos tiempos, como lo diremos más largamente abajo en su lugar. La x y z, delante ninguna consonante se pueden poner en el griego y latín, aunque en el castellano decimos lazrado, por lazerado.

Capítulo décimo, en que pone reglas generales
del ortografía del castellano

De lo que hasta aquí habemos disputado, de la fuerza y orden de las letras, podemos inferir la primera regla del ortografía castellana: que así tenemos de escribir como pronunciamos, y pronunciar como escribimos; y que hasta que entrevenga el autoridad de vuestra Alteza, o el consentimiento de aquellos que pueden hacer uso, escribamos aquellas pronunciaciones para las cuales no tenemos figuras de letras en la manera que dijimos en el capítulo sexto, presuponiendo que adulteramos la fuerza de ellas.

La segunda regla sea: que, aunque la lengua griega y latina puedan doblar las consonantes en medio de la dicción, la lengua castellana no dobla sino la r y la s, porque todas las otras consonantes pronuncian sencillas, estas dos a las veces sencillas, a las veces dobladas: sencillas como coro, cosa; dobladas como corro, cosso. De aquí se convence el error de los que escriben en castellano illustre, síllaba, con doblada l, porque así se escriben estas dicciones en el latín; ni estorba lo que dijimos en el capítulo sexto: que podíamos usar de doblada l en algunas dicciones, como en estas: villa, silla, porque ya aquella l doblada no vale por l, sino por otra letra de las que faltan en nuestra lengua.

La tercera regla sea: que ninguna dicción ni sílaba, acabando la sílaba precedente en consonante, puede comenzar en dos letras de un especie, y menos acabar en ellas. De donde se convence el error de los que escriben con doblada r, rrey, en el comienzo; y en el medio, honrra; y en fin de la dicción, mill, con doblada l. Y si dices que porque en aquellas dicciones y otras semejantes suena mucho la r, por eso se debe doblar, si queremos escribir como pronunciamos, a esto decimos que propio es de las consonantes sonar más en el comienzo de las sílabas que en otro lugar, mas por esta causa no se han de doblar; no más que si quisieses escribir ssabio y conssejo con doblada s, porque en aquellos lugares suena mucho la s.

La cuarta regla sea que la n nunca puede ponerse delante la m, b, p, antes, en los tales lugares, siempre habemos de poner m en lugar de n, como en estas dicciones: hombre, emmudecer, emperador; lo cual acontece porque donde se forma la n, que es hiriendo el pico de la lengua en la parte delantera del paladar, hasta donde se forman aquellas tres letras, hay tanta distancia, que fue forzado pasarla en m, cuando alguna de ellas se sigue, por estar tan cerca de ellas en la pronunciación. Lo cual siempre guardaron los griegos y latinos, y nosotros habemos de guardar, si queremos escribir como pronunciamos, porque en aquel lugar no puede sonar la n.

La quinta regla sea que la p, nunca puede estar entre m, n, como algunos de los malos gramáticos escribían sompnus, por el sueño, y contempno por menospreciar, con p ante n; y en nuestra lengua algunos, siguiendo el autoridad de las escrituras antiguas, escriben dampño, solempnidad, con p delante la n.

La sexta regla sea que la g no puede estar delante n, salvo si le damos aquel son que damos ahora a la n con la tilde; en lo cual pecan los que escriben signo, dignidad, benigno, con g delante la n, pues que en aquestas dicciones no suenan con sus fuerzas.

ASOCIACIÓN CULTURAL ANT0NIO DE NEBRIJA - Derechos reservados - © 2007
>